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Cruz cátara, también cruz de
Occitania.
El catarismo
es la doctrina de los cátaros, un movimiento religioso de carácter
gnóstico que surgió en Occitania a mediados del siglo X.
Derivado del maniqueísmo, quizás a través de las etapas pauliciana y
bogomila, el catarismo criticó las prácticas y la visión de la jerarquía de la
Iglesia Católica, quién en respuesta lo consideró herético. Tras una tentativa
misionera, y frente a su creciente influencia y extensión, la Iglesia terminó
por invocar al uso de la fuerza, con el apoyo de la corona, para su
erradicación a partir del 1209 mediante la Cruzada albigense. A finales del
siglo XIII el movimiento, reprimido con violencia por la Inquisición y
debilitado, entró en decadencia. Desde la segunda mitad del siglo XX, el
catarismo es objeto de investigaciones y de un esfuerzo por integrar su
recuerdo a la identidad de las regiones donde se encontraba su foco central de
influencia: el Languedoc y la Provenza, regiones del "Midi" o
tercio sur de Francia.
El nombre «cátaro» viene probablemente del griego
καθαρός (kazarós): ‘puros’. Otro
origen sugerido es el término latino cattus: ‘gato’, asociado
habitualmente a brujas y herejes. Probablemente esta etimología es un simple
mito creado por algunos católicos. Una de las primeras referencias existentes
es una cita de Eckbert von Schönau, el cual escribió acerca de los herejes de
Colonia en 1181: «Hos nostra Germania cátharos appéllat».
Los cátaros fueron denominados también albigenses. Este nombre se origina a
finales del siglo XII, y es usado por el cronista Geoffroy du Breuil of Vigeois
en 1181. El nombre se refiere a la ciudad occitana de Albi (la antigua Álbiga).
Esta denominación no parece muy exacta, puesto que el centro de la herejía
estaba en Tolosa (Toulouse) y en los distritos vecinos. También recibieron el nombre
de «poblicantes», siendo este último término una degeneración del nombre de los
paulicianos, con quienes se les confundía.
Las doctrinas cátaras llegaron probablemente desde Europa oriental a través
de las rutas comerciales. Los albigenses también recibieron el nombre de
búlgaros (Bougres) y, al parecer, también mantuvieron relaciones con los
bogomilos de Tracia. Parece ser que sus doctrinas tuvieron grandes similitudes
con las de los bogominobreslos e incluso más con las de los paulicianos, con
quienes estuvieron conectados. Sin embargo, es difícil formarse una idea exacta
de las doctrinas cátaras, ya que los datos sobre ellos provienen
fundamentalmente de sus enemigos. Los escasos textos cátaros que aún existen (Rituel
cathare de Lyon y Nouveau Testament
en provençal)
contienen escasa información acerca de sus creencias y prácticas morales. Lo
que parece cierto es que formaron una facción antisacerdotal opuesta a la
iglesia católica, la cual mostró abiertamente su oposición a la corrupción de
los clérigos.
Los teólogos cátaros, llamados cáthari (‘puros‘ o ‘perfectos’) y en
Francia, «hombres buenos» o «buenos creyentes» fueron pocos en número. El
grueso de los creyentes (credentes) no estaban iniciados en la doctrina
en absoluto, simplemente fueron liberados de cualquier prohibición moral u
obligación religiosa a condición de que prometieran, mediante una ceremonia
llamada convenenza, convertirse en cátaros mediante la recepción del consolamentum, el bautismo del Espíritu Santo, antes de su muerte.
Los historiadores atan el inicio del movimiento cátaro con la Escítia
antigua donde el apóstol Andrés, según las leyendas rusas antiguas, portó el
misterio del Grial a las tierras eslavas como "la fe de los puros y
perfectos", "la fe de los hombres buenos". La segunda comunidad
del Grial fundó en la Santa Rusia el príncipe de Kiev, Ascold al final del
siglo IX. Según las apocrifas eslavas, la Madre de Dios, acercándose a Ascold,
le pide propagar la fe de Cristo en la Santa Rusia, la fe en el Dios del
Amor. Según alguna interpretación, el Cáliz del Grial debía hacerse un
símbolo común de enlace del panteón eslavo y cristiano. El catarismo eslavo
ejerció una colosal influencia en la espiritualidad de Rusia. De los cátaros
eslavos vinieron los “viejos creyentes”
ortodoxos, los herederos del Grial del Monte Athos. El Grial ruso estuvo entre la
gran constelación de los sabios sagrados de Optina Pustyn,
y desde la tradición cátara eslava vino la tradición de Nil de Sora de
los sabios "no-coniciadores" de Transvolga. En el siglo X,
Rusia era “bautizada” con violencia en la fe bizantina ortodoxa, por el
príncipe Vladimir. El catarismo, desalojado por Bizancio, a través Bulgaria partió a
Occidente. Llegados a Europa occidental, los cátaros difundieron su enseñanza
en muchos países. Los primeros cátaros aparecieron en Lemosín entre 1012
y 1020. Algunos fueron descubiertos y
ejecutados en la ciudad langüedociana de Tolosa en 1022. La creciente secta fue
condenada en los sínodos de Charroux (Vienne) (1028) y Tolosa (1056). Se enviaron predicadores
para combatir la propaganda cátara a principios del siglo XII. Sin embargo, los
cátaros ganaron influencia en Occitania debido a la protección dispensada por
Guillermo, duque de Aquitania, y por una
proporción significativa de la nobleza occitana. El pueblo estaba impresionado
por los Perfectos y por la predicación antisacerdotal de Pedro de Bruys
y Enrique de Lausanne
en Perigord.
Los cátaros se caracterizaban por una teología dual, basada en la creencia de que el
universo estaba compuesto por dos mundos en conflicto, uno espiritual creado
por Dios y el otro material forjado por Satán.
Según los autores católicos tradicionales, esta era una característica
distintiva del gnosticismo, cierta
corriente residual del neoplatonismo (Plotino fue antignóstico), principalmente
el maniqueísmo y luego la teología de los bogomilos. Probablemente, esta idea también
había sido influida por otras antiguas líneas de pensamiento gnósticas. De
acuerdo con los cátaros, el mundo había sido creado por una deidad diabólica
conocida por los gnósticos como el Demiurgo. Los cátaros identificaron al
Demiurgo con el ser al que los cristianos denominaban Satán. Sin embargo, los
gnósticos del siglo I no habían hecho esta identificación, probablemente porque
el concepto del diablo no era popular en aquella época, en tanto que se fue
haciendo más y más popular durante la Edad Media.
Según la comprensión catara del evangelio, El Reino de Dios no es de este
mundo. Dios creó Cielos y almas. El mundo material, el mal, las guerras, las
iglesias mundanas y papas eran obra de la mano de Satanás, ya que Dios es el
amor y bondad perfectos y no puede hacer ningún mal.
Según los cátaros los hombres son una realidad transitoria, una “vestidura”
de la simiente angélica. Afirman que el pecado se produjo en el cielo y que se
ha perpetuado en la carne. La doctrina cristiana tradicional, en cambio,
considera que aquél vino dado por causa de la carne y contagia en el presente
al hombre interior, al espíritu, que estaría en un estado de caída como
consecuencia del pecado original. Para los católicos la fe en Dios redime,
mientras que para los cátaros exigen un conocimiento (una gnosis) del estado anterior del espíritu para purgar su
existencia mundana. No existe en ellos una sumisión a lo dado, a la materia,
que no sería más que un sofisma tenebroso que obstaculiza la salvación, con lo
que se oponen, a su vez, a la doctrina del arrepentimiento y de las buenas
obras.
En resumen, el cátaro pretende restituir transitoriamente la vida angélica
en el mundo para hacerse, como individuo iluminado, merecedor de una existencia
superior, renunciando a redimir la vida terrenal con base en preceptos celestes
ocultos a la mayoría. El catarismo supone un cuestionamiento abierto de toda la
revelación cristiana, así como de sus ejes filosóficos y políticos centrales.
Los cátaros también creían que las almas se reencarnarían hasta que fuesen
capaces de escapar del mundo material y elevarse al paraíso inmaterial. La forma
de escapar al ciclo de reencarnaciones era vivir una vida ascética y no ser corrompido por el mundo.
Aquellos que siguiesen estas normas eran conocidos como Perfectos. Los
Perfectos se consideraban herederos de los apóstoles, y tenían el poder de
borrar los pecados y conexiones con el mundo material de las personas, de forma
que fuesen al cielo cuando murieran. Los Perfectos vivían de forma
irreprochablemente frugal, en claro contraste con la vida dentro de la corrupta
y opulenta Iglesia de la época.
Comúnmente, la ceremonia de eliminación de los pecados, llamada consolamentum, se llevaba a cabo en
personas a punto de morir. Después de recibirlo, el creyente podría incluso
dejar de comer para acelerar la muerte y evitar la "contaminación"
del mundo. El consolamentum era el único sacramento de la fe cátara.
No tenían ningún rito matrimonial, ya que la procreación (traer más
almas al mundo material) estaba mal vista. Según las fuentes inquisitoriales,
entre los sectarios estaba permitida la práctica de la homosexualidad (que en esa época se
denominaba «sodomía»), ya que las prácticas sexuales
eran permitidas siempre que no produjeran nuevos hijos. Pero esta opinión
se oscurece ante el hecho de que la posición vital de los cataros era, antes
que nada, el voto de la virginidad incondicional.
Los cataros comprendían la virginidad como la abstención de todo lo que es
capaz de “aterrar” el compuesto espiritual, como la imagen universal de la
vida, que deja realizar el divino potencial. Por eso, ellos enseñaban que Dios
obsequia los medios necesarios, en primer lugar el misterio del consolamentum (consuelo) o el bautismo
espiritual - el sacramento de la obtención del Espíritu Santo – que define y
consagra la vida futura de la persona.
Los cátaros tenían también otras creencias que eran odiosas para los
partidarios de la doctrina papal. En sus polémicas espirituales, decían
parafraseando que Jesús había sido una
aparición, un fantasma, que mostró el camino a Dios. Rechazaron creer que el
buen Dios se hubiese reencarnado en forma material, ya que todos los objetos
materiales estaban contaminados por el pecado. Esta creencia específica se
denominaba docetismo. Más aún, creían que el dios
Yahvé del Antiguo Testamento
era en verdad el diablo, ya que había creado el mundo y debido también a sus
cualidades («celoso», «vengativo», «de sangre») y a sus actividades como «Dios
de la Guerra».
El tema de la salvación no era primordial para el catarismo, primero era el
tema del amor. Igualmente entendían a su modo el arrepentimiento. No era una
penitencia infinita de los mismos pecados, cometidos repetidamente, era la
hermosa aspiración hacía la perfección. La sed de elevarse al nivel espiritual
más elevado, venciendo la naturaleza caída en sí mismos.
A los hombres y a las mujeres se los trataba como iguales sólo cuando
alcanzaban el grado de "perfectos", siendo hasta entonces
considerados inferiores, manchados por su función biológica reproductora.
Los cátaros profesaban la fe en la perfección primordial del hombre,
explicando, que no solo era posible sino necesario liberarse del pecado, y no
después del Juício Universal, sino ahora.Y proponían los métodos efectivos para
tal liberación. La práctica ascética de los cátaros era orientada, por todos
los medios, al calientamiento del divino amor dentro del alma.
Una de las ideas que resultaron más heréticas en la Europa feudal fue la
creencia de que los juramentos eran un
pecado, puesto que ligaban a las personas con el mundo material. Denominar a
los juramentos pecado era muy peligroso en una sociedad en la que el
analfabetismo era norma común y casi todas las transacciones comerciales y
compromisos de fidelidad se basaban en juramentos.
Al llegar al siglo XIII, la fe cátara ya entró firmemente en la vida
occitana. Los castillos situados en las lomas de las montañas sobre el mar se
hicieron la expresión física de las alturas espirituales, en las cuales
habitaban los cátaros.
El gran misterio de los cátaros era el Grial,
el Cáliz de la Sangre de Cristo. El Grial de los cátaros era la iglesia
medieval del amor y al mismo tiempo su símbolo. Según las creencias cátaras, la
Sangre que salía del Corazón del Señor durante Su crucifixión en el Gólgota de Jerusalén, era recogida hasta la última
gota por José de Arimatea.
De igual modo, el Grial milagrosamente recibe de todas partes de la tierra la
Última Gota de los verdaderos discípulos de Cristo y la multiplica. Enseñaban
que el Salvador cumplió Su servicio, derramando la Sangre en el Cáliz del Grial
y dejándola a Sus discípulos. Su prédica de la "fe viva y el Dios del
supremo amor" conquistaba los corazones de monarcas y campesinos,
divulgándose por toda Europa.
En 1147, el papa Eugenio III envió
un legado a los distritos afectados para detener el progreso de los cátaros.
Los escasos y aislados éxitos de Bernardo de
Claraval no pudieron ocultar los pobres resultados de la misión ni
el poder de la secta en la Occitania de la época. Las misiones del cardenal
Pedro (de San Crisógono)
a Tolosa y el Tolosado en 1178, y de Enrique, cardenal-obispo de Albano, en
1180-1181, obtuvieron éxitos momentáneos. La expedición armada de Enrique de
Albano, que tomó la fortaleza de Lavaur, no extinguió el movimiento.
Las persistentes decisiones de los concilios contra los cátaros en este
periodo —en particular, las del Concilio de Tours
(1163) y del Tercer Concilio
de Letrán (1179)— apenas tuvieron mayor efecto. Cuando
Inocencio III llegó al poder en 1198,
resolvió suprimir el movimiento cátaro con la definición sobre la fe del IV Concilio de
Letrán.
A raíz de este hecho, la posibilidad cada vez más real de que Inocencio III
decidiese resolver el problema cátaro mediante una cruzada provocó un cambio muy
importante en la política occitana: la alianza de los condes de Tolosa con la Casa de Aragón.
Así, si Raimundo V (1148-1194)
y Alfonso II de
Aragón (1162-1196)
habían sido siempre rivales, en el año 1200,
se concertó el matrimonio entre Ramón VI de Tolosa
(1194-1222) y Eleonor de Aragón,
hermana de Pedro II el Católico quien, en el 1204,
acabaría ampliando los dominios de la Corona de Aragón
con el Languedoc casándose con María, la única
heredera de Guillermo
VIII de Montpellier.
Al principio el papa Inocencio III probó con la conversión pacífica,
enviando unos cuantos legados a las zonas "¿afectadas?". Los legados
tenían plenos poderes para excomulgar, pronunciar interdictos e incluso destituir a los
prelados locales. Sin embargo, éstos no tuvieron que lidiar únicamente con los
cátaros, con los nobles que los protegían o con el pueblo que los veneraba,
sino también con los obispos de la zona, que rechazaban la autoridad
extraordinaria que el papa había conferido a los legados. Hasta tal punto que
en 1204, Inocencio III suspendió la autoridad de los obispos en Occitania. Sin
embargo, no obtuvieron resultados, incluso después de haber participado en el
coloquio entre sacerdotes católicos y predicadores cátaros, presidido en Beziers en 1204, por el rey aragonés Pedro el Católico.
El legado papal y monje cisterciense Pedro
de Castelnau, conocido por excomulgar sin contemplaciones a los nobles que
protegían a los cátaros, llegó a la cima excomulgando al conde de Tolosa, Raimundo VI
(1207) como cómplice de la herejía. El legado fue asesinado cerca de la abadía
de Saint Gilles, donde se había reunido con Raimundo VI, el 14 de enero de
1208, por un escudero de Raimundo de Tolosa. El escudero afirmó que no actuaba
por orden de su señor, pero este hecho fue aprovechado por el papa para ordenar
a sus legados que predicasen una cruzada contra los albigenses (de acuerdo con
la Enciclopedia Católica, el asesinato se realizó «probablemente con la
connivencia de Raimundo VI de Tolosa»).
El Papa convocó al rey Felipe II de
Francia para dirigir una cruzada contra los cátaros, pero esa
primera convocatoria fue desestimada por el monarca francés, al que le urgía
más por el conflicto con el rey inglés Juan Sin Tierra. Entonces Pedro el
Católico, acabado de casar, acudió a Roma en donde Inocencio
III le coronó solemnemente y, de esta manera, el rey de la Corona de Aragón
se convertía en vasallo de la Santa Sede, con la cual se comprometía a pagar un
tributo. Con este gesto, Pedro el Católico pretendía proteger sus dominios del
ataque de una posible cruzada; por su parte, el Santo Padre, receloso de la
actitud del rey aragonés hacia los príncipes occitanos sospechosos de tolerar
la herejía (o incluso de practicarla), no quiso delegar nunca la dirección de
la cruzada a Pedro el Católico sino, únicamente, asegurarse de que no se
opusiera; seguramente para ganarse el favor papal, el rey aragones y su hermano
Alfonso II de
Provenza tomaron medidas contra los cátaros provenzales.
Expulsión catara de Carcasona
En el 1207,
al mismo tiempo que Inocencio III renovaba las llamadas a la cruzada contra los
herejes, dirigidas ahora no sólo al rey de Francia, sino también al duque de Borgoña y a los condes de Nevers, de Bar y de Dreux, entre otros, el
legado papal Pedro de Castelnau dictó sentencia de excomunión contra Raimundo
VI, ya que el conde de Tolosa no había aceptado las condiciones de paz
propuestas por el legado, en el que se obligaba a los barones occitanos no
admitir judíos en la administración de sus dominios, a devolver los bienes
expoliados a la Iglesia y, sobre todo, a perseguir los herejes. A raíz de la
excomunión, Raimundo VI tuvo una entrevista con Pedro de Castelnau en Sant Geli en enero de 1208,
muy tempestuosa y conflictiva, de la que no salió ningún acuerdo.
Así, la cruzada logró la
adhesión de prácticamente toda la nobleza del norte de Francia, posiblemente instigada por el
decreto papal estableciendo que toda la tierra poseída por los cátaros podía
ser confiscada a voluntad. Esto constituía una invitación abierta para el
pillaje masivo con las bendiciones de la Iglesia ya que la zona estaba llena de
simpatizantes reales o aparentes de la causa cátara. Así, no es sorprendente
que los nobles del norte viajaran en tropel al sur a luchar por la Iglesia.
Inocencio encomendó la dirección de la cruzada al rey Felipe II Augusto de
Francia, el cual aunque declina participar, sí que permite a sus vasallos
unirse a la expedición.
La llegada de los cruzados va a
producir una situación de guerra civil en Occitania. Por un lado, debido a sus
contenciosos con su sobrino, Ramón Roger
Trencavel —vizconde de Albí, Beziers y Carcasona—, Raimundo VI de Tolosa dirige el
ejército cruzado hacia los dominios del de Trencavel, junto con otros señores
occitanos tales como el conde de Valentines, el de Auvernia, el vizconde de Anduze y los
obispos de Burdeos, Bazas, Cahors y Agen. Por otro lado,
en Tolosa se produce un fuerte conflicto social entre la «compañía blanca»,
creada por el obispo Folquet para luchar contra los usureros y los herejes, y
la «compañía negra». El obispo consigue la adhesión de los sectores populares,
enfrentados con los ricos, muchos de los cuales eran cátaros.
En un famoso incidente en 1209,
la mayor parte de la población de Beziers fue brutalmente asesinada tras la
caída de la ciudad a manos de las tropas católicas dirigidas por el legado
papal y prior del Císter, Arnaldo Amalric.
Cuando le preguntaron como distinguir a los cátaros de los católicos, respondió,
según el cronista cisterciense Cessari d’Heisterbach: «Matadlos a todos, que
Dios reconocerá a los suyos». La Enciclopedia Católica niega que estas
palabras fueran pronunciadas nunca.
La masacre de Beziers, que,
según el cronista de la época Guillermo de Tudela,
obedecía a un plan preconcebido de los cruzados de exterminar a los habitantes
de las bástidas o villas fortificadas que se les resistieran, indujo al
resto de ciudades a rendirse sin combatir, excepto Carcasona, la cual,
asediada, tendrá que rendirse por falta de agua. Aquí sin embargo, los
cruzados, tal como lo habían negociado los cruzados con el rey Pedro el
Católico (señor feudal de Ramón Roger Trencavel), no masacraron a la población,
sino que simplemente les obligaron a abandonar la ciudad. En Carcasona, muere
Ramón Roger Trencavel. Sus dominios son otorgados por el legado papal al noble
francés Simón de Montfort, el cual entre 1210 y 1211, conquista los bastiones
cátaros de Bram, Minerva, Termes, Cabaret y Lavaur (este último con la ayuda de
la compañía blanca del obispo Folquet de Tolosa). A partir de entonces se
comienza a actuar contra los cátaros, condenándoles a morir en la hoguera.
La masacre de Besiers y el expolio de los Trencavel por Simón de Montfort
van a crear entre los poderes occitanos un sentimiento de rechazo hacia la
cruzada. Así, en 1209, poco después de la caída de Carcasona, Raimundo VI y los
cónsules de Tolosa van a negarse a entregarle a Arnaldo Amalric los cátaros
refugiados en la ciudad. Como consecuencia, el legado pronuncia una nueva
sentencia de excomunión contra Raimundo VI y lanza un interdicto contra la
ciudad de Tolosa.
Para conjurar la amenaza que la cruzada anticátara comportaba contra todos
los poderes occitanos, Raimundo VI, después de haberse entrevistado con otros
monarcas cristianos –el emperador del Sacro Imperio Otón IV, los reyes Felipe
II Augusto de Francia y Pedro el Católico de Aragón-, intenta obtener de
Inocencio III unas condiciones de reconciliación más favorables. El papa accede
a resolver el problema religioso y político del catarismo en un concilio
occitano. Sin embargo, en las reuniones conciliares de Saint Gilles (julio de
1210) y Montpellier (febrero de 1211), el legado Arnaldo Amalric impide la
reconciliación imponiendo al conde de Tolosa unas condicions muy duras, tales
como la expulsión de los caballeros de la ciudad, y su partida a Tierra Santa.
Después del concilio de Montpellier, y con el apoyo de todos los poderes
occitanos –príncipes, señores de castillos o comunas urbanas amenazadas por la
cruzada, Raimundo VI vuelve a Tolosa y expulsa al obispo Folquet. Acto seguido,
Simón de Montfort comienza el asedio Tolosa, en junio de 1211, pero tiene que
retirarse ante la resistencia de la ciudad.
Para poder enfrentarse a Simón de Montfort, visto en Occitania como un
ocupante extranjero, los poderes occitanos necesitaban un aliado poderoso y de
ortodoxia católica indudable, para evitar que el de Montfort pudiera demandar
la predicación de una nueva cruzada. Así pues,
Raimundo VI, los cónsules de Tolosa, el conde de Foix
y el de Comenge se dirigieron
al rey de Aragón, Pedro el Católico, vasallo de la Santa Sede tras su
coronación en Roma el 1204 y uno de los artífices de la victória cristiana
contra los musulmanes en las Navas de
Tolosa (julio de 1212). También, en 1198, Pedro el Católico había
adoptado medidas contra los herejes de sus dominios.
En el conflicto político y religioso occitano, Pedro el Católico, nunca
favorable ni tolerante con los cátaros, intervino para defender sus vasallos
amenazados por la rapiña de Simón de Montfort. El barón francés, incluso
después de pactar el matrimonio de su hija Amicia con el hijo de Pedro el
Católico, Jaime –el futuro Jaime I (1213-1276),
continuó atacando a los vasallos occitanos del rey aragonés. Por su parte,
Pedro el Católico buscaba medidas de reconciliación, y así, en 1211,
ocupa el castillo de Foix con la promesa de cederlo a Simón de
Montfort, sólo si se demostraba que el conde era hostil a la Iglesia.
A principios de 1213, Inocencio III, recibida la queja de
Pedro el Católico contra Simón de Montfort por impedir la reconciliación,
ordena a Arnaldo Amalric, entonces arzobispo de Narbona, negociar con Pedro el
Católico e iniciar la pacificación del Languedoc. Sin embargo, en el sínodo de
Lavaur, al cual acude el rey aragonés, Simón de Montfort rechaza la
conciliación y se pronuncia por la deposición del conde de Tolosa, a pesar de
la actitud de Raimundo VI, favorable a aceptar todas las condiciones de la
Santa Sede. En respuesta a Simón, Pedro el Católico se declara protector de
todos los barones occitanos amenazados y del municipio de Tolosa.
A pesar de todo, viendo que ese era el único medio seguro de erradicar la
herejía, el papa Inocencio III se pone de parte de Simón de Montfort,
llegándose así a una situación de confrontación armada, resuelta en la batalla
de Muret, el 12 de septiembre de 1213, en la que el rey
aragonés, defensor de Raimundo VI y de los poderes occitanos, es vencido y asesinado.
Acto seguido, Simón de Montfort entra en Tolosa, acompañado del nuevo legado
papal, Pedro de Benevento, y de Luis,
hijo de Felipe II Augusto de Francia. En noviembre de 1215, el Cuarto Concilio
de Letrán reconocerá a Simón de Montfort como conde de Tolosa, desposeyendo a
Raimundo VI, exiliado en Cataluña después de la
batalla de Muret.
El 1216, en la corte de París, Simón de Montfort presta homenaje al rey
Felipe II Augusto de Francia como duque de Narbona, conde de Tolosa y vizconde de Besiers
y Carcasona. Fue, sin embargo, un dominio efímero. En 1217, estalla en
Languedoc una revuelta dirigida por Raimundo el Joven —el futuro Raimundo VII de
Tolosa (1222-1249), que culmina en la muerte de Simón— en 1218 y en
el retorno a Tolosa de Raimundo VI, padre de Raimundo el Joven.
La guerra terminó definitivamente con el tratado de París (1229), por el
que el rey de Francia desposeyó a la Casa de Tolosa
de la mayor parte de sus feudos y a la de Beziers (los Trencavel) de todos ellos. La independencia
de los príncipes occitanos tocaba a su fin. Sin embargo, a pesar de las
masacres y la represión, el catarismo no se extinguió.
La Inquisición se
estableció en 1229 para extirpar totalmente la herejía. Operando incesantemente
en el sur de Tolosa, Albí, Carcasona y otras ciudades durante todos el siglo
XIII y gran parte del XIV, tuvo éxito en la erradicación del movimiento. Desde
mayo de 1243 hasta marzo de 1244, la ciudadela cátara de Montsegur fue asediada por las tropas del
senescal de Carcasona y del arzobispo de Narbona.
El 16 de marzo de 1244,
tuvo lugar una enorme y simbólicamente importante masacre, en donde los líderes
cátaros, así como más de doscientos seguidores, fueron arrojados a una enorme
hoguera en el prat des cramats (prado de los quemados) junto al pie del
castillo. Más aún, el «Santo Padre» (mediante el Concilio de Narbona, en 1235 y
la bula Ad Extirpanda,
en 1252) decretó severos castigos contra todos los laicos sospechosos de
simpatía con los cátaros.
Perseguidos y ajusticiados por la Inquisición y abandonados por los nobles,
los cátaros se hicieron más y más escasos, escondiéndose en los bosques y
montañas, y reuniéndose sólo subrepticiamente. El pueblo hizo algunos intentos
de liberarse del yugo francés y de la Inquisición, estallando en revueltas al
principio del siglo XIV. Pero en este punto, la Inquisición había desarrollado
vastas investigaciones (encuestas), que habían aterrorizado la zona. La secta
estaba exhausta y no pudo encontrar nuevos adeptos. Tras 1330, los registros de
la Inquisición apenas contienen procedimientos contra los cátaros. El último
Perfecto murió al inicio del siglo XIV.
De acuerdo con algunos, Christian
Rosencreuz, el mítico fundador de los Rosacruces, pudo haber estado relacionado
con algún movimiento clandestino cátaro que se ocultó para evitar a la Inquisición. Sin embargo, esto parece
improbable, puesto que no hay ninguna evidencia de que el movimiento cátaro aún
existiese en tiempos de Rosencreuz ni que el mismo Rosencreuz existiera en
absoluto.
Los paulicianos eran una
secta semejante; habían sido deportados desde Capadocia a la región de Tracia en el sureste europeo por los emperadores bizantinos en el siglo IX, donde se unieron
con -o más probablemente- se transformaron en los bogomilos. Durante la segunda mitad del
siglo XII, contaron con gran fuerza e influencia en Bulgaria, Albania y Bosnia. Se dividieron en dos ramas, conocidos como los albanenses
(absolutamente duales) y los garatenses (duales
pero moderados). Estas comunidades «heréticas» llegaron a Italia durante los
siglos XI y XII. Los milaneses adheridos a
este credo recibían el nombre de patarini (patarinos) (o
patarines), por su procedencia de Pataria, una calle de Milán muy frecuentada por grupos de
menesterosos (pataro o patarro aludía al andrajo). El movimiento
de los patarines cobró cierta importancia el siglo XI, como movimiento
reformista, enfatizando la acción de los laicos enfrentados a la corrupción del
clero. Según las nuevas investigaciones de los historiadores de la religión, se
han discubierto muchas influencias de los cátaros con el orden de los templarios, hospitalarios y algunas ordenes monacales,
particularmente en la época de la persecución de los cátaros. El santo
tradicional católico, San Francisco de
Asís, para los cátaros era un cátaro verdadero, como también su
madre. Su famoso seguidor y amigo cercano, Bernardo el
Dulcísimo desenmascaraba a los inquisidores,
defendiendo la doctrina de los "buenos cristianos".