Ordo Supremus Militaris Templi Hierosolymitani Gran Priorato de Santa Juana de Arco


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La historia
de la Orden del Temple, Pobres Caballeros de Cristo, es apasionante y llena
de misterios. Lo que se conoce formalmente habla de guerreros monjes que
fueron bastión cristiano y actores principales de su época. Se afirma, con
fundamentos, que, mas que actores, dirigieron la sociedad de su tiempo. Nacidos
en Francia muy modestamente, fueron nueve caballeros compañeros de armas de
Godofredo de Bouillón y voluntariamente sometidos al mando de Hugo de
Panyns, que luego sería su primer Maestre, los que allá por 1118 iniciaron
la gran aventura templaria. Godofredo
de Saint-Omer, Godofredo de Roval, Archimbaldo de Saint Amand, Godofredo de
Bisot, Andrés de Montbard, Fulco d’Angers, Payens de Montdidier, y Hugo de
Champagne componían el grupo. Los caminos que corrían desde Jaiffa hasta
Jerusalén estaban protegidos por ellos y los peregrinos que viajaban a
Tierra Santa sabían que por ellos su viaje sería menos peligroso. El grupo
hizo voto ante el Patriarca de Jerusalén, Gormondo, de vivir perpetuamente
en castidad y obediencia, sin propiedades y a la manera de los clérigos
regulares, entregados al servicio de Cristo.

Nueve
años después decidieron alcanzar el reconocimiento oficial de la Iglesia
que ya les había concedido el oficioso. Solicitaron a Esteban de Chartres
que les redactase una norma y Hugo de Payns la entregó personalmente al
entonces Papa, Honorio II. Remitida la misma al concilio de Troyes el 14 de
enero de 1.128 fue aprobada y la Orden del Temple tuvo, desde ese momento,
carácter “oficial”. Desde
esa fecha y hasta los tristes sucesos de principios del siglo XIV, que la
llevaron a la desaparición, el Temple luchó en Tierra Santa, en los lugares
en que era requerido para defender el Cristianismo, acumuló poder y
riqueza, poseyó grandes extensiones de tierra en toda Europa, laboró,
organizó y administró la agricultura, la minería, el comercio y hasta la
banca de su tiempo. Extendió un estilo arquitectónico que siendo ajeno se
llegó a identificar con ella. Acumuló tal poder que él mismo fue su
perdición. No
puede dudarse que la orden del Temple se enriqueció en poco tiempo gracias,
fundamentalmente, a la protección que le concedían papas y soberanos y a
las cuantiosas donaciones que los poderosos de su tiempo le concedían. Una
costumbre muy tradicional en estos siglos contribuyó también a este
enriquecimiento, se trataba de la figura de “donarse en vida”.
Por ella, el donado recibía múltiples privilegios en vida, entre los que
eran de destacar la exención de muchos impuestos y la protección de la
propia Orden. A su muerte, era el Temple quien se beneficiaba de la
herencia del “donado”.
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Las
actividades mercantiles a la que se dedicaron los caballeros templarios y su
excelente sistema de administración les garantizó espléndidas y prósperas
posesiones. Las encomiendas, núcleo central de su organización territorial,
eran unidades autosuficientes y siempre generaban excedentes que se
destinaban a la casa provincial de donde pasaban a la central que los
reexpedía a Tierra Santa para sufragar gastos militares y de mantenimiento
de sus fortalezas y tropa. Fueron
además los freires banqueros eficientes y respetados. Muchos comerciantes y
poderosos les encomendaban sus caudales que se encontraban garantizados por
la propia solvencia de la orden. El Tesorero del Temple se convirtió en el
asesor económico del rey francés. También se afirma que fueron los
templarios la primera multinacional conocida. Eficaces en su administración,
no lo eran menos en sus sistemas industriales, agrarios y comerciales. No
dudaban en emplear técnicas avanzadas en sus explotaciones, en comerciar
con Oriente aprovechando su privilegiada posición otorgada por su actividad
como cruzados y así llegaron a construir una flota propia de navíos que
servían para transportar bienes y tropas de un punto a otro del mundo
entonces conocido. El
fabuloso tesoro que de sus actividades cabe pensar que acumularon ha sido
uno de los misterios que mas han fabulado a su alrededor. Pese a ser
detentadores de inmensas fortunas, su voto de pobreza se mantuvo en todo
momento y eran pocos los lujos que mostraban en sus encomiendas y ninguno
en sus propias personas. Sólo los enormes gastos que el mantenimiento de
Tierra Santa supuso explica un tanto el que jamás haya aparecido tal
tesoro. A ello había de unirse que siempre contribuyeron con grandes sumas
al mantenimiento de obras sociales o proyectos expansionistas que
permitieran mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos.

Habitaban
en encomiendas que solían constar de capilla, sala capitular, alojamientos
generalmente similares a cuarteles, bodegas, sótanos, caballerizas y
almacenes, amen de otras dependencias de diverso tipo en función de la actividad
que explotara la propia encomienda. Al frente de ellos se encontraba un
comendador que asignaba los cargos y oficios necesarios. Su
regla de vida estaba regida por una similar a la cisterciense. Se
explicitaba en un documento de sesenta y ocho artículos y aunque en un
principio estaban sometidos a la autoridad del patriarca de Jerusalén, esto
pronto cambió. El sucesor al frente de la orden de Hugo de Payens fue
Roberto de Craon que consiguió del papa reinante en 1.139 una bula que
concedía a los templarios una autonomía casi absoluta por la que podían
nombrar sus propios capellanes, fundar capillas y cementerios, estar muy
favorablemente tratados fiscalmente siendo considerados exentos de casi
todo tipo de tributo tanto civil como eclesiástico. Su independencia de las
sedes episcopales que gobernaban los territorios en que se asentaban sus
encomiendas era total. Lo mas
importante consistió en el hondo aprecio que la imagen templaria alcanzó en
toda la cristiandad. El bizarro aspecto que les prestaba su indumentaria
guerrera se unía a su austeridad de vida, siempre ejemplar y rodeada de
buenas obras y un continuo laborar. La cruz roja que se colocaba en su
capa, sobre el hombro derecho, concesión del papa Eugenio III en 1.147, fue
la imagen mas respetada de su época. Disponían
su jerarquía en forma marcadamente militar. Al frente estaba el Gran
Maestre, que aunque dotado de poder absoluto, debía consultar a un capítulo
antes de tomar decisiones trascendentales. El Maestre contaba como
asistencia con un Estado Mayor en el que integraba su lugarteniente o
senescal, un jefe militar o mariscal y varios comendadores adscritos a los
términos de Jerusalén, Trípoli y Antioquía. El primero era el ministro de
finanzas y tesorero. Otros cargos eran el jefe de intendencia o pañero, un
jefe de tropas auxiliares conocido como el turcoplier, un submariscal y un
alférez, todos ellos, dependiendo de su escalafón, con derecho a un
determinado número de caballerías y séquito de escuderos y criados. De esta
forma, el séquito del Gran Maestre se componía de un clérigo, un sargento,
un escudero y un escriba, utilizando para su servicio hasta cuatro
caballos. Sólo cuando entraba en batalla tenía derecho a la protección de
diez combatientes de élite. La
tropa también tenía su jerarquía: caballeros, sargentos y escuderos. Los
sacerdotes eran grupo aparte, pero hacían la misma vida que los caballeros.
Los mas bajos escalones los constituían los hermanos de oficios, artesanos
y criados que eran contratados libremente.
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Su
vida se regía por su regla, muy detallada y estricta, que aunque
considerada secreta, ha llegado hasta nuestros días gracias a diversos
documentos que la describen. Al entrar en la orden eran advertidos de la
dureza de la vida que voluntariamente aceptaban. Un documento de la época
da clara idea de ello: “Raramente
haréis lo que deseéis: si queréis estar en la tierra de allende los mares
se os enviará a la de aquende; o, si queréis estar en Acre se os mandará a
la tierra de Trípoli o de Antioquía o de Armenia, o se os enviará a Pouille
o a Sicilia o a Lombardía, o a Francia, o a Borgoña o a Inglaterra o a
muchas tierras donde tenemos casas o posesiones. Y si queréis dormir se os
hará velar, y si alguna vez deseáis velar, se os mandará a reposar a vuestro
lecho ....” Un
templario no era poseedor de nada. No podía hacer ni aceptar regalos. La
orden le daba un ajuar completo que debería cuidar con sumo esmero. Eran
dos camisas, dos pares de calzas, dos calzones, un sayón, una pelliza
forrada de cordero u oveja, una capa, un manto de invierno y otro de
verano, una túnica, un cinturón, un bonete de algodón y otro de fieltro,
una servilleta para la mesa, dos copas, una cuchara, un cuchillo de mesa,
una navaja, un caldero, un cuenco para cebada, tres pares de alforjas, una
toalla, un jergón una manta ligera y otra gruesa, ambas rayadas en blanco y
negro a imagen de la bandera de la orden. Si
este era el equipo “civil”, no menos austero y controlado era el militar.
Loriga, calzas de hierro, casco con protectores nasales, yelmo, espada,
puñal, lanza con gallardete blanco, escudo triangular largo, cota de armas
blanca y gualdrapa para el caballo. Cuando se encontraban en campaña se
añadían a este equipo algunos aditamentos mas: un caldero, un hacha para
cortar leña, un rallador y un juego de escudillas y frascos. Todo adorno o
instrumento innecesario era estrictamente prohibido y el espíritu austero
del Císter estaba presente en todo momento.

La vida
cotidiana de un templario era muy similar a la de un monje cisterciense. Se
les prohibía la conversación baladí o las risas. Dormían de tres a cuatro
horas sin despojarse de camisa, calzones, calzas y cinturón. Se despertaban
en maitines, a las cuatro de la madrugada en invierno o a las dos en
verano. Iban a la capilla calzados y abrigados por su manto y allí rezaban
trece padres nuestros. A continuación bajaban a las cuadras a inspeccionar
a sus caballos y darles un primer pienso tras lo que regresaban a sus
dormitorios y tras rezar un padre nuestro mas, dormían de nuevo. A la hora
prima se levantaban y nuevamente en la capilla oían misa, recitaban treinta
padres nuestros por los vivos y otros tantos por los muertos y comenzaban
su jornada de trabajo. Cada hora detenían su quehacer y rezaban nuevas
tandas de padres nuestros. Comían
carne tres veces por semana, excepto los enfermos que, menos los viernes,
lo hacían a diario. En el refectorio, el capellán bendecía la mesa y
dirigía el rezo. Comían en silencio. Acabado el ágape, retornaban a la
capilla de dos en dos para dar gracias. Venían
obligados los templarios a comulgar y dar limosna tres veces por semana a
la vez que respetaban escrupulosamente tres cuaresmas anuales. Cuando
estaban en combate tenían prohibido rechazar la lucha aun en situaciones
numéricamente muy desfavorables. Si caían prisioneros no tenían derecho a
rescate. Cuando morían se les sepultaba sin ataúd, bocabajo, en fosas
anónimas. En la
Península Ibérica fueron los reinos de Aragón y Portugal los primeros en
los que existe constancia de establecimientos templarios. En 1.130 Raimundo
Rogelio de Barcelona donó a la orden la plaza de Granera. En 1.132 el conde
de Urgel les cedió el castillo de Barberá. En Aragón llegaron a poseer los
templarios treinta y seis castillos. En
1.134 el rey Alfonso el Batallador legó al morir a las órdenes de Tierra
Santa sus reinos de Aragón y Navarra. Aunque tan disparatado testamento no
se cumplió, dio pie a los templarios para negociar con el heredero, Ramón
Berenguer IV, el valor de sus derechos obteniendo así las villas o
castillos de Monzón, Belchite, Remolino, Corbins y Chalamera. A
partir de este momento los actos militares de la orden aumentan, sobre todo
durante el reinado de Alfonso II el Casto. Influyó grandemente en el
acontecer político de la época y Pedro II los nombró mediadores en sus
conflictos con doña Sancha, su madre. En
Castilla y León los templarios mostraron su predilección por las tierras al
norte del Tajo, zona de grandes posibilidades mercantiles y alejados de las
fronteras musulmanas. La
conquista en 1.291 de San Juan de Acre, último bastión cristiano en Tierra
Santa, por parte de los musulmanes significó el inicio del ocaso de las
órdenes militares y más aún para el Temple. Reinaba en Francia Felipe IV el
Hermoso, conocido por la historia como “el rey de hierro”. Mal
administrador y muy dilapidador, vio en los inmensos tesoros templarios una
fuente que le sostuviera en el trono y, a la vez, anulado el poder temporal
de la orden, pensaba ver reforzado su propio poder real. Era la tarea
difícil pero no imposible y el camino lógico era intervenir a través del
papa, sometido prácticamente a la corono francesa y único superior de los
caballeros del Temple.
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Una cadena
sin fin de acusaciones y montajes fraudulentos se abatió sobre el Temple y
las presiones sobre el Papa y Reyes por parte de la corte francesa fueron
atosigantes. Hasta que el 14 de septiembre de 1.307 se cumplió la orden
real de arrestar y poner a disposición de la Inquisición a los templarios
franceses. Se les
acusó de renegar de Cristo, de todo tipo de obscenidades, de sodomía, de
idolatría, y así se confabuló un proceso que concluyó con la condena en el
atrio de la catedral de París del Gran Maestre Jacques de Molay y sus
caballeros. Estos hechos ocurrían el 18 de marzo de 1.314. Aquella
misma tarde, el Gran Maestre y otros treinta y seis caballeros de la orden
fueron ajusticiados en la hoguera. Clemente V, el Papa que no supo oponerse
a los deseos reales franceses, murió un mes después que Molay. Ocho meses
después moría Felipe IV a consecuencia de una caída de caballo. El
canciller francés, Nogaret, que instruyó y auspició el proceso, tuvo
similar fin. Esquieu de Froyran que inició en la corte aragonesa la cadena
de mentiras que sirvió de base al proceso, cayó apuñalado. Todos los
actores del drama templario cayeron pronto y de forma poco habitual
cerrando así el telón de la Gran Orden de los Pobres Caballeros de Cristo.